La carta de Pablo a los Colosenses
se escribió desde la prisión romana cerca del 62 d.C. con el propósito de
corregir falsas enseñanzas como las judaizantes y la adoración a los ángeles
que amenazaban la integridad del evangelio de Cristo.
Epafras, con mucha seguridad,
convertido bajo el ministerio de Pablo, fue el fundador de la iglesia en
Colosas; una comunidad de gentiles distinguidos por abrazar el cristianismo y
dar evidencia de su fe a través del amor mostrado hacia los santos (Colosenses
1:4,8).
A la misma vez que Pablo expresa su
gratitud al Señor por estas personas, también les explica qué es lo que ha
ocurrido en ellos desde el momento que abrazaron la fe en Cristo. Estos
primeros ocho versículos, muestran la importancia de escuchar y comprender
correctamente el mensaje de Jesucristo, ya que a partir de allí se desprende la
esperanza que termina germinando en un fruto de fe y de amor. Pero para
escuchar, es necesario alguien que hable, es allí donde la vida de Epafras
resulta vital como anunciador del Evangelio de la Paz.
Este ciclo de vida espiritual se
hace eco de las interrogantes paulinas en Romanos 10:14 “¿Cómo, pues,
invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no
han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”.
A partir de los versos 9-12 el autor
comparte con los lectores sus motivos de oración por ellos, a saber, dos
peticiones junto a dos propósitos: que El Señor los llene de conocimiento y
comprensión espiritual necesarios para vivir una vida que agrade al Señor en
todo y, los fortalezca con el glorioso poder de Dios de forma tal que puedan
soportar con paciencia y perseverancia los momentos difíciles en la carrera de
la fe.
Ahora, es necesario distinguir a
Dios como el destinatario o receptor de esta solicitud, pues ello remarca la
integridad del mensaje del Evangelio. Pablo expresa la necesidad de los
colosenses delante de Dios pues es Dios quien tiene la facultad de brindar
comprensión espiritual revelando Su voluntad y mediante Su poder fortalecer el
ánimo y la fe de los colosenses, para que ellos entiendan las razones por las
cuales es honorable glorificar a Dios en su día a día, aunque ello implique
incomodidad.
El versículo 12 es aún más claro,
Dios es el que capacitó, calificó, hizo aptos, facultó o dio suficiencia para
que los santos (no personas con una moralidad sobresaliente, sino separadas por
Dios a pesar de su inmoralidad) reciban conjuntamente la herencia que Dios
destinó para ellos en el reino de la Luz, un reino totalmente diferente al
reino de las tinieblas y de donde los santos, antes incapacitados, fueron liberados
y trasladados al reino cuyo Rey es el Hijo amado de Dios.
Dios es quien inicia la obra
salvadora, una vez establecido el santo en el reino de Dios, permanece, porque
la gloriosa potencia de Dios lo fortalece para permanecer, no otra cosa agregada
por el hombre (Colosenses 2:20-23).
Es aquí donde el sentido de gratitud
a Dios cobra relevancia, pues nada hicimos para obtener este traslado, ni
esfuerzo para recibir herencia y, de sobremesa, nuestra permanencia en Él es
asegurada por la acción de Su poder, no queda otro camino más que el gozo del
santo que mueve sus pies para anunciar al que califica para heredar,
convenciéndose a sí mismo que de verdad, Cristo es lo único que necesita.
dando gracias al
Padre que nos ha capacitado para compartir la herencia de
los santos en la Luz. Colosenses 1:12 NBLA









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