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Se define a un líder, como a la persona que va a la cabeza o al frente de un grupo, a quien tiene la capacidad de guiar, influir e inspirar a otros; con base en la confianza y el ejemplo que da para lograr objetivos. No se trata de un jefe, pues el líder hace fácil el trabajo, fortalece el talento de los suyos y asume las responsabilidades, con la capacidad de compartirlas.

 

El término líder ocupa una posición de importancia y privilegio en muchos ámbitos. Incluso en el cuerpo del Señor se habla de liderazgo y, podremos reconocer la importancia de aquellos que dirigen ministerios y obras que pertenecen a Dios. Pero hablar de un “liderazgo cristiano” exento de corazones de siervos, hace que la frase pierda absolutamente su sentido.

 

Cuando se habla de la vida de Moisés, se tiende a asociar el término liderazgo con él, por la posición importante que ocupó en la liberación y la guía del pueblo de Israel, sacándolos de una temporada muy extensa de esclavitud y llevándolos a la tierra prometida que Dios tenía para ellos.

 

Vemos muchos matices en su liderazgo; su historia nos habla tanto de momentos en los que desobedeció como de un anhelo de andar en fidelidad, tiempos en los que fue invadido por el temor e inseguridad como de acciones llenas de valor que obraron en él un carácter que ayudó a guiar al pueblo; fue un hombre que alguna vez evidenció ira que transformaría en una admirable mansedumbre que la Palabra resalta…

 

Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra.

Números 12:3

 

Podríamos equivocarnos al pensar que la mansedumbre de Moisés era un sinónimo de debilidad, siendo todo lo contrario: Dios lo preparó a pesar de sus flaquezas, formando en él una fuerza de carácter, de humildad y de sumisión a Su voluntad. El verdadero proceso de transformación en la vida de Moisés empezó mucho antes del desierto, con el propósito de soportarlo en su momento junto a todo un pueblo que traería retos de muchas maneras.

 

Siendo un niño hebreo sobreviviente del decreto de muerte egipcio, creció como príncipe iracundo de ese imperio, para luego convertirse en un sereno y humilde pastor. Y en este contexto recibe un llamado de parte de Dios para convertirse en el libertador de Su pueblo, reto que enfrentó lleno de miedos, pero con corazón de siervo, fortalecido en fe y dependencia absoluta, con valentía y decisión.

 

En el camino del desierto encaró a un pueblo complicado, lleno de dudas y quejumbroso, pero necesitado de libertad. Lo hizo con actitud humilde, aunque era poseedor de autoridad; con un carácter dócil y paciente, que mostró mansedumbre de una manera ejemplar.

 

Esta historia se parece mucho a la nuestra, tal como aquel pueblo, somos esclavos del mal, de aquello que nos amenaza, nos oprime y nos quebranta. Viviríamos presos del dolor, a no ser por el plan lleno de gracia de Dios. Cristo vino de parte del Padre para ser nuestro Salvador, nuestro Redentor y nuestro Libertador. Para mostrarnos un nivel de mansedumbre que excede nuestra comprensión.

 

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero;

y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.

Isaías 53:7

 

Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí , que Yo soy manso y humilde de corazón,

y hallarán descanso para sus almas .

Mateo 11:29

 

Sus tiernas palabras ofrecen verdadero reposo al alma agotada, están llenas de poder, de fuerza, de mansedumbre y de amor que actúa, manifestándolo con Su vida misma, otorgándonos a partir de Su sacrificio un camino en el cual nos guía y nos abre mares para atravesar la prueba y la dificultad, avanzando a nuestra tierra prometida, que es el cielo junto a Él por la eternidad.

 



 


En el desierto no solo se reciben instrucciones; se descubre el corazón de Dios. El desierto fue escenario de prueba, pero también escenario de revelación. Allí se manifestó un Dios presente, un Dios que no abandona, un Dios fiel en cada paso del camino, aun cuando ese camino se vuelve duro, incierto y árido. En medio de ese contexto, El Señor pide ofrendas sagradas y un corazón dispuesto para traer lo mejor delante de Él. Pide levantar un lugar donde pueda habitar con Su pueblo: el tabernáculo.

 

El tabernáculo expresa dos hechos claros: al estar en el centro del campamento simbolizaba la presencia de Dios en Israel y señalaba el medio establecido para que el Dios santo habitara en medio del pueblo. Era una sombra que apuntaba a Cristo, el verdadero medio para acercarse a Dios sin ser consumidos por Su santidad. Hoy ya no se necesita un tabernáculo físico; Cristo es ese tabernáculo y nuestro corazón es ahora ese templo, ese santuario donde El Señor ha decidido habitar por medio del Espíritu Santo.

 

Llama la atención lo específico que es El Señor al dar las instrucciones para la construcción del tabernáculo. Nada es improvisado. Cada medida y cada elemento tenían propósito.

 

De la misma manera, Sus instrucciones para la vida son claras. La manera de acercarnos a Él no es de cualquier forma, sino conforme a lo que Él ha dispuesto, reconociendo Su santidad y Su majestad. Aunque Sus mandatos son generales, se vuelven personales en el trato cercano que Él tiene con cada corazón.

 

En el llamado al sacerdocio se contempla a un Dios que no solo habita, sino que también llama y capacita. El Señor aparta a Aarón y a sus hijos para servirle como sacerdotes y da dones y habilidades específicas a los artesanos para la elaboración de las vestiduras. Cada don proviene de Él y tiene propósito en Su obra. El sacerdocio habla de una vida apartada, consagrada y de servicio continuo a Dios.

 

En el Nuevo Testamento se revela que Su pueblo es hecho sacerdote para Dios (1 Pedro 2:9). No es una entrega limitada a un momento específico, sino una consagración de día y de noche, de generación en generación. Cada día es necesario escudriñar el corazón, purificarse y reconocer la necesidad constante de conocer al Señor, recordando que Él es quien nos sacó de la esclavitud y nos dio nueva vida.

 

“Y conocerán que Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto

para morar Yo en medio de ellos. Yo soy el Señor su Dios.”

Éxodo 29:46 NBLA

 

El desierto también es un lugar donde el corazón queda expuesto. En el episodio del becerro de oro (Éxodo 32) se distinguen dos tipos de respuesta: aquellos que buscan soluciones fuera de lo establecido por Dios y aquellos que deciden alinearse con Él cuando llega el momento de elegir. Mientras Moisés permanecía en comunión recibiendo palabra, el pueblo cedía a sus pasiones. El desierto revela si el corazón permanece confiando en Dios o si intenta actuar en sus propias fuerzas.

 

A pesar de la terquedad y rebeldía del pueblo, el Señor muestra que es un Dios que permanece. Ante la intercesión de Moisés, Su presencia continua acompañando al pueblo. La petición: “Si Tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí”. Éxodo 33:15 NBLA, evidencia que la mayor necesidad no es avanzar, sino caminar con Él y permanecer en Él.

 

En el desierto se revela un Dios cuidador, proveedor, misericordioso, perdonador, de milagros, de promesas y de consuelo. Y aún hoy, en medio de nuestros propios desiertos, sigue siendo un Dios que habita, que llama y que permanece.




 

 


“Ahora pues, si en verdad escuchan Mi voz y guardan Mi pacto,

serán Mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque Mía es toda la tierra.

Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Éxodo 19:5-6ª NBLA

 

Escuchar y guardar, palabras que aparecen constantemente en el libro de Éxodo y también, en muchas otras partes de la Biblia, pero ¿qué es lo que tenemos que escuchar y guardar? La Biblia dice que Sus mandamientos, ordenanzas, leyes, estatutos y decretos; para tener una vida de santidad delante de Dios y dar testimonio a los que nos rodean. Alguien que estaba muy atento en escuchar la voz de Dios y guardar Sus mandamientos fue Moisés.

 

Moisés escuchaba y transmitía al pueblo lo que Dios quería decirles. Siempre dispuesto a enseñar la ley de Dios para que cada persona llevara una vida recta y en santidad. Moisés les juzgaba todo el día, desde la mañana hasta el atardecer (Éxodo 18:13). ¡Qué gran labor! Llevar la carga de todos, enseñarles a vivir en comunidad, respetando la ley y los mandamientos. Era necesario que también Moisés se detuviera y escuchara consejo.

 

“Ahora, escúchame. Yo te aconsejaré, y Dios estará contigo.

Sé tú el representante del pueblo delante de Dios, y somete los asuntos a Dios.

Entonces enséñales los estatutos y las leyes, y hazles saber el camino en que deben andar

y la obra que han de realizar”.

Éxodo 18:19-20 NBLA

 

El suegro de Moisés, Jetro, observó esta situación y pidió a Moisés que lo escuchara para que Dios estuviera con él en todo. Moisés estaba haciendo todo este trabajo solo, seguramente estuvo muy cansado físicamente y su alma desgastada al punto de desfallecer. Así como también el pueblo, ya cansado de esperar su oportunidad de recibir consejo que le resolviera su problema o supliera su necesidad (Éxodo 18:18). ¡Una labor sin fin!

 

Jetro aconsejó a Moisés compartir la carga del trabajo con hombres que le ayudaran a juzgar los casos pequeños. ¡Claro! no cualquier hombre, no aquellos que confían en su habilidad al hablar o convencer; sino en aquellos hombres temerosos de Dios, capaces y honestos (Éxodo 18:21-22), enseñados en el camino de Dios. Los que escuchan y guardan el pacto de Dios. Jetro aconsejó, Moisés escuchó y Dios estuvo con ellos.

 

Tomando la experiencia de Moisés, podemos observar que escuchar y guardar los mandamientos de Dios nos guía a vivir una vida apegada a Su Palabra, tal como una regla que rige nuestras vidas, la cual nos permite tomar decisiones respaldadas por Dios en las que vemos Su favor para con nosotros y los demás. Así como Dios estuvo con Moisés y con aquellos jueces temerosos de Dios.

 

Escuchar y guardar, no solo se trata de oír o percibir un sonido, se trata de poner atención, discernir y obedecer atentamente a la voz de Dios, cumplir Su pacto para que Él esté con nosotros todos los días de nuestra vida. Es vivir en obediencia para tener una relación con Él y ser el reflejo de Su gloria hacia los demás. Es ser ese especial tesoro, apartado y amado. Es ser parte de un pueblo santo que le sirve.

 

“Sino que así como Aquel que los llamó es Santo,

así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir.

Porque escrito está: «SEAN SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO»”.

1 Pedro 1:15-16 NBLA




 


Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo:

Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo cuando me sacó de Egipto.

Y te será como una señal sobre tu mano, y como un memorial delante de tus ojos,

para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto con mano fuerte te sacó Jehová de Egipto.

Éxodo 13:8-9

 

La gratitud es esa actitud que nos permite reconocer y apreciar todo aquello que tenemos o que hemos recibido, que ha sido bueno. Desarrollarla aporta positivamente a nuestra energía, a nuestra percepción del entorno, a nuestra relación con los demás, a nuestro bienestar, a nuestro propio estado de ánimo. Según estudios, influye de manera favorable en nuestra salud física y también en nuestra salud mental.

 

Por el contrario, la queja, ese constante recordatorio de lo que falta, de lo que está mal o puede salir mal, drena no solamente a la persona que la expresa, sino también a su entorno. Ella genera un estado negativo, provocando dificultades en el bienestar, causando estrés, desánimo e infelicidad.

 

Es fácil para muchos de nosotros juzgar las acciones del pueblo en tiempos de Moisés, sus motivaciones y sus palabras nos muestran ejemplos de ingratitud e injusticia, en varias ocasiones. Esa tendencia constante a creer que los tiempos anteriores eran mejores, aun cuando fueron difíciles bajo el yugo egipcio. Hasta cierto punto, la confusión en la espera podría comprenderse… si había una promesa dada, ¿Por qué pasaban tantas cosas malas?

 

De pronto sus acciones no distan tanto de las nuestras, esperar con gratitud, ánimo y confianza, en medio de la prueba, no es siempre un ejercicio sencillo de hacer. Nuestro afán llega a ganarnos y nos invade la ansiedad y el temor. Nos inquietamos en la incertidumbre del futuro, sobre todo cuando no parece ser el mejor.

 

¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?

Espera en Dios; porque aún he de alabarle,

Salvación mía y Dios mío.

Salmo 42:11

 

Pero es justo en el desierto, en medio de la dura prueba, que llegamos a conocer el carácter amoroso y fiel de un Padre que nos guarda, nos levanta y nos sostiene. Un Padre cuya voluntad no se frustra en nuestra desesperación, nuestras debilidades o nuestras fallas; un Padre que permanece firme en Sus promesas y que nos muestra siempre salidas llenas de gracia y amor.

 

Dios permite muchas veces los desiertos para que aprendamos a conocerle, para que aprendamos a depender completamente de Él, para que aprendamos a rendirnos ante Su voluntad, confiando plenamente en ella, con la certeza de que somos hijos Suyos, salvos, amados y llamados a libertad.

 

En el versículo 3, Moisés le dice al pueblo: Tened memoria de este día… qué importante es caminar esta vida, en cualquier pasaje que ella nos presente, con la mente puesta en lo que nuestro Salvador hizo y sigue haciendo por nosotros, otorgándonos paz, salvación, redención y reconciliación.

 

Hoy puede ser un buen día para identificarnos con aquel pueblo, pero no con el que sufría y se quejaba en la afrenta, sino con el que debía recordar con alabanza la inmensa misericordia de Dios y Su inagotable amor; aquel que era llamado a descansar en Su promesa de libertad, cumplida hoy en nuestras vidas, en la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Redentor, nuestro amado Salvador, Jesús.




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