Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo:
Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo
cuando me sacó de Egipto.
Y te será como una señal sobre tu mano, y como un
memorial delante de tus ojos,
para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto
con mano fuerte te sacó Jehová de Egipto.
Éxodo 13:8-9
La gratitud es esa actitud que nos permite reconocer y apreciar todo
aquello que tenemos o que hemos recibido, que ha sido bueno. Desarrollarla
aporta positivamente a nuestra energía, a nuestra percepción del entorno, a
nuestra relación con los demás, a nuestro bienestar, a nuestro propio estado de
ánimo. Según estudios, influye de manera favorable en nuestra salud física y
también en nuestra salud mental.
Por el contrario, la queja, ese constante recordatorio de lo que falta,
de lo que está mal o puede salir mal, drena no solamente a la persona que la
expresa, sino también a su entorno. Ella genera un estado negativo, provocando
dificultades en el bienestar, causando estrés, desánimo e infelicidad.
Es fácil para muchos de nosotros juzgar las acciones del pueblo en
tiempos de Moisés, sus motivaciones y sus palabras nos muestran ejemplos de
ingratitud e injusticia, en varias ocasiones. Esa tendencia constante a creer
que los tiempos anteriores eran mejores, aun cuando fueron difíciles bajo el
yugo egipcio. Hasta cierto punto, la confusión en la espera podría
comprenderse… si había una promesa dada, ¿Por qué pasaban tantas cosas malas?
De pronto sus acciones no distan tanto de las nuestras, esperar con
gratitud, ánimo y confianza, en medio de la prueba, no es siempre un ejercicio
sencillo de hacer. Nuestro afán llega a ganarnos y nos invade la ansiedad y el
temor. Nos inquietamos en la incertidumbre del futuro, sobre todo cuando no
parece ser el mejor.
¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas
dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 42:11
Pero es justo en el desierto, en medio de la dura prueba, que llegamos a
conocer el carácter amoroso y fiel de un Padre que nos guarda, nos levanta y
nos sostiene. Un Padre cuya voluntad no se frustra en nuestra desesperación,
nuestras debilidades o nuestras fallas; un Padre que permanece firme en Sus
promesas y que nos muestra siempre salidas llenas de gracia y amor.
Dios permite muchas veces los desiertos para que aprendamos a conocerle,
para que aprendamos a depender completamente de Él, para que aprendamos a
rendirnos ante Su voluntad, confiando plenamente en ella, con la certeza de que
somos hijos Suyos, salvos, amados y llamados a libertad.
En el versículo 3, Moisés le dice al pueblo: Tened memoria de este
día… qué importante es caminar esta vida, en cualquier pasaje que ella nos
presente, con la mente puesta en lo que nuestro Salvador hizo y sigue haciendo por
nosotros, otorgándonos paz, salvación, redención y reconciliación.
Hoy puede ser un buen día para identificarnos con aquel pueblo, pero no
con el que sufría y se quejaba en la afrenta, sino con el que debía recordar
con alabanza la inmensa misericordia de Dios y Su inagotable amor; aquel que
era llamado a descansar en Su promesa de libertad, cumplida hoy en nuestras
vidas, en la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Redentor, nuestro
amado Salvador, Jesús.










