“Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Poned la mira en las cosas del cielo, no en las de la tierra.” Colosenses 3:1-2
Cualquier persona al querer
jugar algo que desconoce, pregunta las reglas, esto es lo más normal y lo más
sensato también. Se hace para aprender, ser parte de la diversión, tener identidad
de jugador, y por supuesto, también para ganar.
La gente dice: “Las reglas
se hicieron para romperse”. Siendo honestos, así seamos seguidores de Cristo o
no, este dicho es una mera excusa, con consecuencias graves que vemos en
egoísmo que lleva a muertes, en codicia que lleva a asaltos, en vidas erradas
que llevan a conseguir lo que “quiero” así pisotee a quien sea… al cabo, “las
reglas se hicieron para romperse”.
En los seguidores de
Cristo, este dicho no debe tener cabida. Pues al entender que Cristo pagó con Su
propia vida por nuestras culpas, no habría más que rendirnos a Él. Esto no
desde la perspectiva de que solo así puedo ganar, como en un simple juego. Pues
fue en esa cruz que la guerra se ganó, la muerte no tiene más poder, satanás
vencido está.
Pero sí, como en un juego,
el saber las reglas te hace buen o mal jugador y hace una gran diferencia entre
ser un amateur o un futbolista del mundial; de alguien que juega solo en su
patio, a alguien que levanta el trofeo.
No ganamos más gracia si
hacemos más cosas. Mas bien, es por esa gracia que hemos recibido, que
respondemos con una identidad de hijos. Una identidad comprada a precio de sangre
que nos hace no anhelar ni conformarnos a solo seguir las reglas, o vivir
moralmente bien, sino que todo lo que somos tiene un propósito en lo que
hacemos, al poner nuestra mirada en las cosas del cielo y no en las de la
tierra. Esto, en una gratitud profunda que cambia nuestras vidas.
El ser cristiano se vuelve
más allá de cosas por cumplir, dejar de hacer o de agregar a nuestra rutina. Es
la fe encarnada, esa fe que nace de Cristo, quien no escatimó dejarlo
todo, haciéndose hombre, despojándose de Su gloria y morir
como un vil y simple pecador (Filipenses 2:7-11) . El ser seguidores de Cristo
nos da la identidad que en resultado pone en cada hijo el querer como el hacer
Su voluntad (Filipenses 2:13), pues todo lo perfecto viene de Dios (Santiago
1:17).
El ser seguidor de Cristo
debe hacernos recordar continuamente que no podemos ganar más gracia de la que
ya hemos recibido y seguimos recibiendo cada día al no ser consumidos. El ser
seguidores de Cristo, es recordar que no podemos ganar más el amor de Cristo,
pues de pensar así: ¿acaso hemos entendido el amor del Padre al enviar a Su
Hijo y morir en la cruz?
No hay más que adorar: adorar
en rendición continua con nuestra vida, en cada hábito y pensamiento y, que
esta misma gracia que ha recibido todo seguidor de Cristo e hijo, debe compartirla con toda criatura, para no
impedir, añadiendo reglas a la gracia ya recibida. Gracia que por gracia ha
llegado a nuestras vidas.
Nosotros como hijos de Dios
le seguimos y por eso anhelamos obedecer,
pues Su gracia es
suficiente.







