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¿Quién no se ha sentido abandonado y rechazado en algún momento de su vida? Ese sentimiento es una carga que muchos de nosotros hemos experimentado en ciertas temporadas y, quizás esa carga aún nos acompaña y va sobre nuestros hombros y nuestras almas.

La ausencia de papá o mamá, una relación que se desmorona, o incluso la sensación de ser marginados por la sociedad, son experiencias que pueden marcar nuestro corazón profundamente. Los recuerdos de momentos de calidad que se supone debieron haber existido en una familia o una relación se desvanecen, dejando un sentimiento de soledad y vacío.

El impacto de estas heridas emocionales puede manifestarse de diversas maneras: la culpa nos atormenta, preguntándonos si podríamos haber hecho algo diferente para evitar el abandono o el rechazo; el resentimiento y el rencor pueden hacerse presentes y arraigarse en nuestro corazón, especialmente si sentimos que fuimos tratados injustamente; la necesidad de perdonar a menudo se convierte en un dilema, ya que perdonar a quienes nos hirieron parece un desafío inmenso.

Sin embargo, la experiencia de Jesús en la cruz ilustra de manera poderosa cómo Su sacrificio se relaciona directamente con nuestras propias heridas y pecados. Jesús experimentó el abandono y el rechazo más profundo cuando llevó sobre Sí mismo la carga de nuestros pecados.

El pecado produce en nuestras vidas separación y distanciamiento de Dios, creando un vacío espiritual. Jesús, al llevar sobre Sí mismo la aflicción y el quebranto producidos por nuestra rebelión, nos ofrece la esperanza de perdón, restauración y reconciliación con Dios. Su sacrificio nos brinda la oportunidad de sanar nuestras heridas espirituales y encontrar plenitud en nuestra relación con Él.

El perfecto sacrificio de Jesús no es solo un acto de redención, sino también un acto de identificación. Él se identifica con el abandono, el rechazo y el sufrimiento que muchos de nosotros hemos experimentado. En esos momentos de oscuridad, podemos verlo a Él en la cruz y encontrar consuelo en Su comprensión profunda de nuestras luchas.

Encontrar consuelo en esta verdad significa abrazar la siguiente verdad:

"Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado,

El Señor me recogerá.".

Salmo 27:10 NBLA

Esta promesa nos asegura que, incluso cuando las personas en nuestras vidas se alejen, Dios nunca nos abandonará. Su presencia constante es un faro de esperanza en medio de la oscuridad que el abandono, el rechazo, el dolor y la enfermedad puedan arrojar sobre nosotros.

Jesús no solo conoce nuestras heridas, sino que también las llevó a la cruz. Él experimentó el abandono y el rechazo por nosotros. En Su amor y compasión infinitos, Jesús nos ofrece un consuelo inagotable y una fortaleza sin igual. Cuando acudimos a Él en arrepentimiento y le confesamos como nuestro Señor y Salvador, experimentamos la plenitud de Su amor y Su gracia.

En el sufrimiento que Jesús experimentó en la cruz por nuestro pecado, encontramos sanidad y restauración para nuestro corazón. Su sacrificio es el puente que nos lleva del dolor, la soledad y el vacío, al gozo, la plenitud y la comunión con Dios.

El sufrimiento es una parte inevitable de la vida, pero a través de la expiación de Cristo, encontramos esperanza en medio de nuestras pruebas. Saber que Jesús llevó nuestras cargas nos alienta a llevar nuestras preocupaciones y sufrimientos a Él en oración, confiando en Su poder para sanar y restaurar.

Su amor y compasión son recursos inagotables para la sanidad de nuestros corazones heridos.



 


Por sentido común, nadie le atribuye honor, respeto y autoridad superiores a un ser en gestación; a menos que pertenezca a la realeza, que haya gran expectativa de su llegada y que se esté plenamente convencido del cambio que produciría si llegara a ocupar una posición de poder… Elisabet sí lo hizo. Sin conocer al bebé en el vientre de María, ella lo colocó por encima de los hombros de Herodes, el máximo gobernador de aquel momento.

 

¿Por qué me ha acontecido esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?

Lucas 1:43 NBLA

 

¿Cómo pudo Elisabet atribuirle a un ser en gestación cualidades de alguien honorable, digno, con poder y autoridad mayores que ella?

Remontémonos hacia el pasado:

Es Dios mismo quien, acerca del deseo de David por la construcción de un templo para Dios, revela el futuro al Rey:

 

El Señor también te hace saber que el Señor te edificará una casa. Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a Mi nombre, y Yo estableceré el trono de su reino para siempre.  

2 Samuel 7:11-13 NBLA 

Aunque esta profecía se cumplió en Salomón quien construyó el templo en Jerusalén, Dios se refería a alguien mucho más grande que él. Para establecer un reino por la eternidad se necesitaría un gobernante inmortal, pero a la vez tendría que ser un hijo de David y, por lo tanto, un ser humano. 

¿Cómo pudo David atribuirle a un descendiente suyo, sin conocerlo, cualidades muy superiores a él como rey y colocarlo en la misma posición que la de Dios?

Quizás al momento de escuchar las palabras de Dios en boca de Natán, David no lo haya entendido. Pero al momento en que escribió su Salmo 110, entendió y reverenció que Dios mismo estaría entre los seres humanos, llegaría de su descendencia para construir El Templo, tomaría posesión del Trono y establecería Su Reino (ya no el suyo, sino el de Dios) para siempre.

Por eso exclama:  

Dice el SEÑOR a mi Señor: Siéntate a Mi diestra,Hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies.

Salmos 110:1 NBLA

Ahora vayamos unos años delante de Elisabet. Jesús se refiere al mismo entendimiento de ella y de David cuando pregunta a los fariseos:

… «Entonces, ¿cómo es que David en el Espíritu lo llama “Señor”, diciendo: “Dijo el Señor a mi Señor…? Pues si David lo llama “Señor”, ¿cómo es Él su hijo?».

Mateo 22:43 – 45 NBLA

Los fariseos aceptaban que el Mesías debía nacer de la línea sanguínea de David, pero no cabía en sus mentes la posibilidad que ese descendiente fuera Dios mismo. Jesús aclara que David llegó a esta conclusión por la revelación del Espíritu, lo mismo que ocurrió con Elisabet.  Si los fariseos hubieran permitido que el Espíritu trajera entendimiento a sus mentes, habrían comprendido que el Mesías que ellos esperaban era Dios hecho hombre habitando entre los hombres, el mismo que hablaba con ellos.  

Hoy gozamos de la revelación completa, sabemos que en sentido humano Jesús es 100% hijo de David y, en sentido divino es 100% Dios; no necesitó materiales de construcción para edificar el templo porque Él mismo es el Templo, el lugar en el que el cielo y la tierra se unen, aproximando en Sí mismo a Dios y a los hombres.

En la temporada de Adviento celebramos la llegada de un niño que se hizo hombre; como David y Elisabet, rendimos nuestra voluntad a quien llamamos Nuestro Señor, pues posee todo el honor, todo el poder y toda la autoridad desde siempre y hasta siempre.  




 


Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, 

contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, 

contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

Efesios 6:12


Vivir la vida con Cristo y para Cristo, es vivir una vida que tiene sentido, que halla propósito, que cuenta con esperanza, que conoce el gozo de la salvación y la paz que otorga el perdón y que nos permite la salvación. Es vivir una vida plena, que se cubre con plenitud de bendición. 


Sin embargo, vivimos esa vida en un mundo contaminado por el mal, en un mundo en el que enfrentamos aflicción, uno que no nos libra de la tentación, de la lucha, del dolor, del peligro y del temor. Nos toca, tantas y tantas veces, librar obstáculos que entorpecen y complican nuestro caminar a través de la dificultad. Pero nos toca también pelear contra fuerzas invisibles del mal que tienen como objetivo desviarnos del propósito de nuestro camino espiritual. 


Pablo inicia su despedida en la carta a los Efesios, luego de traer a su conciencia todo lo hecho por nuestro Señor por ellos, luego de mostrarles la posición gloriosa que como hijos Suyos han adquirido, luego de revelarles el misterio que unifica a los creyentes y de intentar explicar el inexplicable amor de Dios. Es tiempo, casi al final, de hablar de la necesidad de andar en el Espíritu, puesto que habrá batallas que sortear. 


Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.

Efesios 6:10


¡Qué importante instrucción es esta! Sobre todo, en el reconocimiento de que la lucha espiritual no puede, ni debe, librarse en nuestras fuerzas, sino en las de Aquel que venció al enemigo en el sacrificio de una cruz y en el levantarse lleno de poder de una tumba. Confiando y dependiendo entera y absolutamente de Él, de Su potestad, de Su guía, de Su amor, de Su soberanía. 


En el diario vivir encontramos conflictos de todo tipo, a nivel personal, familiar, laboral, social, sentimental. Sin embargo, nuestras luchas no son ni se deben a circunstancias como nuestra propia inseguridad, o a la dificultad que enfrentamos con el prójimo o la adversidad. La batalla campal más fuerte se tiene a nivel espiritual, contra huestes de maldad, contra poderes invisibles y principados que anidan en la oscuridad. 


Tener este conocimiento puede inquietar el alma con duda o temor. Sin embargo, debemos recordar que no es una condición en la que nos encontramos indefensos o desprotegidos. Tenemos con nosotros a un Poderoso Gigante que cuenta con un ejército que es completamente invencible; al frente de la batalla va Aquel que es Mayor que el que está en este mundo, Él nos asegura la victoria y nos llama a recordar que no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Tim. 1:7). 


Nuestro Dios nos defiende, pero también nos equipa para luchar, nos da herramientas que nos permiten pelear y vencer en el campo de batalla. Nos otorga una armadura que permite resistir y ganar; con elementos como la verdad, la justicia, la paz, la fe, la salvación y Su Palabra que es un arma contundente para triunfar. 


Y es Su armadura la que nos permite permanecer firmes cuando libramos batallas espirituales, cuando somos atacados y tentados por las artimañas del enemigo de nuestras almas. Nuestra victoria se asegura en Su Santo Espíritu, nuestra fuerza proviene de Él, de Su poder, de Su gracia y de Su favor. Podemos ir con valentía al campo de batalla, con la confianza puesta plenamente en nuestro amoroso, poderoso y victorioso Dios.  


 


Hace poco estuve conversando con una amiga y ella me mostraba cómo su pequeño bebé de casi un año disfruta rayar los cuadernos donde ella hace sus devocionales. Aunque puede parecer una travesura, en realidad esto nos muestra algo mucho más profundo: este bebe está imitando lo que ve, está reflejando el hábito de su mamá de pasar tiempo con El Señor. 

Y es que así somos, imitamos aquello que admiramos, lo que tenemos cerca, lo que vemos constantemente. Pero cuidado con esto, porque según a quién miremos e imitemos, se determinará si vamos por caminos de vida o de destrucción.

El capítulo 5 de Efesios nos llama a ser imitadores de Dios. Y esto no es como cuando copiamos una moda solo para encajar o impresionar, nada de eso. Se trata de algo mucho más profundo: una relación viva y real con Él. Ya que, al pasar tiempo con Jesús, al contemplar Su palabra y al buscar Su presencia, poco a poco vamos siendo transformados y Su gloria resplandecerá en nosotros.

El pasaje también nos da una advertencia: 

“Por tanto, tened cuidado cómo andáis; no como insensatos, sino como sabios, 
aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” 
Efesios 5:15-16 NBLA. 

La verdad es que, si nos ponemos a pensar, nos damos cuenta de que nuestro tiempo aquí en la tierra es corto, muy corto. Por eso no podemos darnos el lujo de vivir distraídos, copiando lo que el mundo hace o de conformarnos con una fe “light”. Hoy en día todo a nuestro alrededor grita: “vive tu vida, solo tienes una”, “haz lo que te haga feliz”, “sigue a tu corazón”. Suena motivador, ¿cierto? Pero si lo pensamos bien, no es tan inofensivo como parece. La Palabra de Dios nos recuerda que fuimos rescatados de la oscuridad, y que ahora andamos como hijos de luz.

Efesios 5 nos señala nuestra nueva identidad en Cristo: somos hijos amados, hijos de Luz. Por lo tanto, vivir desde esta identidad implica que nuestras acciones, nuestras palabras, nuestras relaciones interpersonales, deben dar a conocer que somos de Él. Ya no somos esclavos del pecado ni de este mundo, somos hijos de Dios. Esta es la verdad que debe marcar la diferencia en cómo usamos nuestro tiempo, cómo tratamos y nos relacionamos con los demás y cómo enfrentamos nuestras luchas diarias.

No se trata de vidas perfectas. Se trata de vivir rendidos al Señor, amando como Cristo amó: con entrega, con servicio, con sacrificio. Respetando como la Iglesia respeta a Cristo: con confianza, humildad y obediencia. Nuestra vida, con sus pequeños detalles y decisiones, es el lugar donde mostramos realmente a quién estamos imitando.

El pastor John MacArthur lo expresó de manera muy clara: 
“La iglesia de Cristo es su cuerpo encarnado actualmente en la tierra. Esta encarnación externa de Cristo es lo único que el mundo ve de Él. En consecuencia, la iglesia debería tener la misma plenitud y estatura que Cristo tuvo cuando ministró en la tierra. Cuando la iglesia no es fiel, la visión que el mundo tiene de Cristo se distorsiona, la iglesia es debilitada, y el Señor es deshonrado.”

Eso nos debe llevar a reflexionar: ¿qué imagen está proyectando nuestra vida hoy? ¿Las personas ven a Cristo en nuestras acciones, o ven otra cosa?

Vivir desde la identidad en Cristo, se trata de recordar cada día que somos Sus hijos amados, 
llamados a imitar a nuestro Padre celestial, conscientes de que nuestra vida aquí es pasajera 
y de que lo que hacemos hoy trasciende en la eternidad. 
Pidámosle al Señor que cada día nuestra vida sea un reflejo más claro de Él.




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