“Así que cuiden de hacer tal como El Señor su
Dios les ha mandado;
no se desvíen a la derecha ni a la izquierda.
Anden en todo el camino
que El Señor su Dios les ha mandado, a fin de
que vivan y les vaya bien,
y prolonguen sus días en la tierra que van a
poseer.”
Deuteronomio 5:32-33
¿Alguna vez te sucedió siendo una niña que uno
de tus padres te pidió que no hicieras algo y lo hiciste de todas formas? A mí
me pasó más veces de las que me gustaría admitir y ahora que soy más grande veo
mamás que dan indicaciones sencillas a sus hijos pequeños, como un “deja de
balancearte en la silla o te vas a caer” y en lugar de seguir la indicación,
siguen y caen (tal como lo dijo su madre).
Considero que la obediencia no es la mejor
cualidad que define a los seres humanos, tenemos voluntad y eso hace que muchas
veces decidamos aprender con base en las experiencias y no por obediencia.
Mientras crecemos aprendemos que no obedecer tiene sus consecuencias. Yo, por
ejemplo, aunque tengo 25 años y “soy mayor de edad”, antes de tomar una
decisión lo consulto con mis padres, porque en mi adolescencia escogí no
obedecer y eso me generó muchas consecuencias. Si mi madre hoy me pide algo tan
sencillo como “llevar suéter” lo hago, porque es más fácil obedecer a pasar
frío.
Te hablo de estos ejemplos porque, como
sabemos, los padres por edad, tienen más experiencia y es probable que por
procesos personales hayan adquirido más conocimiento. Ellos han vivido más que
nosotros y eso ya nos da una buena razón para obedecer; la segunda razón es su
amor, sería poco probable que nos den una instrucción que sea para mal, porque
sabemos que ellos quieren lo mejor para nosotros.
Lo mismo pasa con Dios, pero la diferencia es
que Él no tiene “experiencia”, cuando Papá da una instrucción es porque Él
conoce el camino y porque Él es quien ha diseñado un plan perfecto y de
bienestar para nosotros (Jeremías 29:11). Quién mejor para guiarnos en la vida
que nuestro propio Creador y, que además nos ama más que nadie.
Lo opuesto a la obediencia es claramente “la
desobediencia”; cuando desobedecemos enviamos un mensaje de “duda” y reflejamos
que confiamos más en nuestro propio entendimiento y en nuestra propia
prudencia. Obedecer es difícil, sobre todo cuando no nos dan explicaciones.
Por esto, para obedecer a Dios necesitamos
primero confiar en Él, confiar en esos planes que no vemos, pero que sabemos
que son buenos y para confiar, primero debemos conocerlo más.
Sería ilógico que una persona reciba
instrucciones de alguien que no conoce, sería hasta peligroso. Pero cuando
conocemos a una persona podemos confiar y, cuando construimos una confianza
incondicional es cuando podemos obedecer sin necesidad de entender la razón de
la instrucción.
¿Alguna vez, al cuestionar a mamá la
escuchaste decir “porque yo lo digo y punto”? Yo sí, y me gusta esa respuesta,
porque refleja que la obediencia no se trata de “convencer” sino de confiar.
La obediencia trata de no cuestionar instrucciones y hacerlas con la
convicción de que son para nuestro bien.
Obedecer a Dios trae promesas, Él no siempre
nos revelará el propósito por el cual nos pide hacer algo y es en esos momentos
donde nuestra confianza se ve reflejada por nuestra obediencia.
.png)

.png)




