En el desierto no solo se
reciben instrucciones; se descubre el corazón de Dios. El desierto fue
escenario de prueba, pero también escenario de revelación. Allí se manifestó un
Dios presente, un Dios que no abandona, un Dios fiel en cada paso del camino,
aun cuando ese camino se vuelve duro, incierto y árido. En medio de ese
contexto, El Señor pide ofrendas sagradas y un corazón dispuesto para traer lo
mejor delante de Él. Pide levantar un lugar donde pueda habitar con Su pueblo: el
tabernáculo.
El tabernáculo expresa
dos hechos claros: al estar en el centro del campamento simbolizaba la
presencia de Dios en Israel y señalaba el medio establecido para que el Dios
santo habitara en medio del pueblo. Era una sombra que apuntaba a Cristo, el
verdadero medio para acercarse a Dios sin ser consumidos por Su santidad. Hoy
ya no se necesita un tabernáculo físico; Cristo es ese tabernáculo y nuestro
corazón es ahora ese templo, ese santuario donde El Señor ha decidido habitar
por medio del Espíritu Santo.
Llama la atención lo
específico que es El Señor al dar las instrucciones para la construcción del
tabernáculo. Nada es improvisado. Cada medida y cada elemento tenían propósito.
De la misma manera, Sus
instrucciones para la vida son claras. La manera de acercarnos a Él no es de
cualquier forma, sino conforme a lo que Él ha dispuesto, reconociendo Su
santidad y Su majestad. Aunque Sus mandatos son generales, se vuelven
personales en el trato cercano que Él tiene con cada corazón.
En el llamado al
sacerdocio se contempla a un Dios que no solo habita, sino que también llama y
capacita. El Señor
aparta a Aarón y a sus hijos para servirle como sacerdotes y da dones y
habilidades específicas a los artesanos para la elaboración de las vestiduras.
Cada don proviene de Él y tiene propósito en Su obra. El sacerdocio habla de
una vida apartada, consagrada y de servicio continuo a Dios.
En el Nuevo Testamento se
revela que Su pueblo es hecho sacerdote para Dios (1 Pedro 2:9). No es
una entrega limitada a un momento específico, sino una consagración de día y de
noche, de generación en generación. Cada día es necesario escudriñar el
corazón, purificarse y reconocer la necesidad constante de conocer al Señor,
recordando que Él es quien nos sacó de la esclavitud y nos dio nueva vida.
“Y
conocerán que Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto
para morar Yo
en medio de ellos. Yo soy el Señor su Dios.”
Éxodo 29:46
NBLA
El desierto también es un
lugar donde el corazón queda expuesto. En el episodio del becerro de oro (Éxodo
32) se distinguen dos tipos de respuesta: aquellos que buscan soluciones
fuera de lo establecido por Dios y aquellos que deciden alinearse con Él cuando
llega el momento de elegir. Mientras Moisés permanecía en comunión recibiendo
palabra, el pueblo cedía a sus pasiones. El desierto revela si el corazón
permanece confiando en Dios o si intenta actuar en sus propias fuerzas.
A pesar de la terquedad y
rebeldía del pueblo, el Señor muestra que es un Dios que permanece. Ante la intercesión de Moisés, Su presencia continua
acompañando al pueblo. La petición: “Si Tu presencia no ha de ir conmigo, no
nos saques de aquí”. Éxodo 33:15 NBLA, evidencia que la mayor necesidad no
es avanzar, sino caminar con Él y permanecer en Él.
En el
desierto se revela un Dios cuidador, proveedor, misericordioso, perdonador, de
milagros, de promesas y de consuelo. Y aún hoy, en medio de nuestros propios
desiertos, sigue siendo un Dios que habita, que llama y que permanece.


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