Más allá de la conveniencia: El llamado a obedecer

 


En casi todos los hogares se repite una escena común durante la infancia: cuando queremos salir o conseguir algo y mamá nos dice que no, corremos hacia papá en busca de un sí, o viceversa. Desde pequeños aprendemos a buscar la respuesta que más nos conviene, inclinándonos a obedecer a quien se alinee con nuestros propios deseos.

 

Sin embargo, en nuestra vida espiritual, esto no es así. Nuestra obediencia a Dios no se mide por lo conveniente que parezca a nuestro corazón, sino por Su carácter y cuán apegados estamos a Su voluntad. Nuestra obediencia es para Su gloria, no para la nuestra. No es para nuestra comodidad, sino para que Su nombre sea exaltado; ni siquiera es para obtener beneficios personales (aunque El Señor los honra en su momento), sino para dar testimonio de la verdad de Dios.

 

A lo largo de las Escrituras encontramos muchas historias de hombres y mujeres que se enfrentaron a esa gran pregunta: ¿A quién obedecer? en algunos casos, como el del profeta Jonás, aprendieron a través de dolorosas caídas, que la obediencia debe estar dirigida hacia Dios. En otros casos, aun sabiendo que el costo de la lealtad a Dios era la muerte, no titubearon en obedecerle.

 

“Ciertamente nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente.

Y de su mano, oh rey, nos librará. Pero si no lo hace, ha de saber, oh rey,

que no serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua de oro que ha levantado”

Daniel 3:17-18 NBLA

 

La obediencia está ligada a cuánto conocemos y confiamos en una persona. Personajes bíblicos como Rahab, Daniel, Sadrac, Mesac y Abeg-nego, conocían muy bien a los reyes terrenales que gobernaban en la sociedad en la que vivían. Sabían perfectamente qué tan crueles podían ser con aquellos que desobedecieran sus órdenes. Sin embargo, conocían a Alguien infinitamente mayor: al Soberano de Israel, al Único Dios vivo y verdadero, así que lo arriesgaron todo por amor al nombre de Dios.

 

Para obedecer de esta manera se requiere un corazón transformado por Dios. Y para tener ese corazón, necesitamos buscarle con diligencia, conocerle en la intimidad, reconocerle en todos nuestros caminos y creer a Sus palabras por encima de lo que nuestros ojos terrenales pueden ver.

 

Si hay un hombre en la Biblia que buscaba el corazón de Dios, ese era David. A lo largo de los salmos, David nos mostró su fe absoluta en Dios, su amor por Su Ley y un corazón agradecido. Se mostró vulnerable y nos dejó ver cómo fue su proceso de arrepentimiento sincero. Nos enseñó su compromiso al seguir al Señor e incluirlo en todos sus asuntos y cómo le adoraba públicamente. David no fue un hombre perfecto, pero hizo todo lo que Dios quería (Hechos 13:22); mostró obediencia porque su prioridad era El Señor.

 

Al mirar estos ejemplos, podemos preguntarnos: ¿Qué está buscando nuestro corazón? ¿A quién estamos obedeciendo: a nuestros impulsos, a las presiones o a Dios? ¿Nuestro corazón muestra el corazón de Dios?

 

La cultura y el sistema del mundo siempre levantarán estatuas (ideologías, tendencias, challenges, decretos sutiles) ante las cuales nos exigirán postrarnos. Nos invitarán constantemente a buscar el camino fácil o el "sí" que alimente nuestro ego. Pero cuando recordamos quién es el verdadero Soberano y descansamos en Su fidelidad, encontramos la valentía necesaria para mantenernos firmes en obediencia, sabiendo que Aquel que nos llama a seguirle es digno de toda nuestra confianza.


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