El Centro de todo

 



Cada página de la Biblia manifiesta la intención del corazón de Dios y Su inagotable amor, desde el tiempo de la creación, ante la separación que trajo el pecado y la muerte como consecuencia de este, Dios prometía ya un plan de salvación, una simiente que aplastaría a la serpiente, figura que anticipaba la victoria de nuestro Salvador sobre el enemigo en la cruz.

 

Y a partir de ahí, vemos una y otra vez, a través de sus líneas aquella promesa hecha a un Abraham, que se afirmaría en un pacto con Moisés, que sería luego con un rey llamado David. Y una serie de profetas que anunciaron la llegada del verdadero Rey, el Sol de justicia que traería en Sus alas la salvación.  

 

Desde su inicio hasta el final, en la Palabra encontramos un mensaje que apunta a una sola meta: Jesús. Él es el cumplimiento completo y único de aquella promesa de salvación. Es en la Palabra que conocemos acerca de Su vida, Su muerte y Su resurrección; es en ella que encontramos epístolas que nos muestran Su obra y lo que ella es y debe ser hoy en el caminar de aquellos que le reconocemos, le creemos y le tenemos como nuestro Señor.

 

Él sigue siendo nuestro Emanuel; antes de partir, dejó la promesa del Espíritu Santo, que garantizaba una presencia fiel que sería consuelo, guía, fortaleza y dirección para cumplir con la misión que también nos dejó, dar a conocer Su verdad y Su amor. Desde el día de Pentecostés, Su Espíritu mora en todo aquel que cree en Él.

 

Un verdadero encuentro con Jesús debería cambiarlo todo en nuestras vidas, Su amor tiene el poder de transformar por completo nuestro ser interno; nuestra manera de pensar, de sentir, de actuar y de vivir. Sentir Su presencia en nuestros corazones tendría que ser la razón de movernos a acciones que muestren Su amor y Su bondad. De la manera en que Cristo es el centro de las Escrituras, debe ser el centro de nuestras vidas. Nuestros caminos deben ser guiados en Su luz y Su verdad, nuestras decisiones dirigidas en Su propósito y en Su voluntad.

 

Nuestro paso por esta vida cobra sentido cuando entendemos el regalo de Su gracia inmerecida, que nos permite vivir bajo Sus alas en los tiempos de adversidad, experimentando verdadera paz, esperanza, gozo y libertad. Nuestra historia se convierte en nada si no se respalda en la Suya, en aquella que nos asegura que después de esta vida tenemos la confianza de estar a Su lado en la eternidad.

 

La historia de redención para la humanidad es la historia que más influye, más toca y más restaura nuestro corazón; es el reposo que nos permite confiar y aguardar con completa esperanza aquella promesa futura de vida eterna que nos permite vivir con ánimo y valor el presente, con su cuota de incertidumbre, inseguridad y temor, anclados y seguros en Su verdad y en Su inmenso amor. Hermosa verdad que nos garantiza que todo dolor, sufrimiento o aflicción quedará atrás y será transformado en gozo perpetuo junto a nuestro Salvador.

 

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, 

ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Apocalipsis 21:4





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