Soy administradora de
profesión, mención recursos humanos. Dentro de la profesión se nos enseña a
organizar, planificar, dirigir y controlar el uso de recursos (humanos,
financieros y técnicos) para el logro de los objetivos con la mayor eficiencia
y productividad posible. De allí que soy un poco cuadriculada en cuanto a dejar
las cosas al azar; soy muy metódica en todo, me gusta seguir un plan y cuando
no resulta me genera un poco de frustración, por no decir bastante.
Más allá de todo esto, la
administración es mucho más que una carrera: es un llamado de Dios para todos Sus
hijos, un llamado a vivir con responsabilidad, amor y propósito. Ser
administrador significa gestionar fielmente dones, tiempo y recursos,
reconociendo que Dios es el dueño de todo y nosotros solo Sus mayordomos.
En este camino, el
corazón de un administrador de Dios se caracteriza por la entrega, fidelidad,
diligencia, servicio y responsabilidad; muy al contrario del mal
administrador que se deja dominar por la pereza, el miedo, la ineficiencia y la
negligencia, actuando como un "siervo malo" que no considera a Dios
al momento de utilizar lo que tiene en sus manos (Mateo 25:26)
¿Qué es todo lo que se
nos ha confiado? tiempo, energía, palabras, recursos, etc. Todo esto hay que
administrarlo sabiamente, entendidos de cuál es la voluntad del Señor. Este
entendimiento proviene de un buen conocimiento de Su Palabra y en el temor a
Jehová hallamos sabiduría.
Es muy fácil perderse
haciendo cosas que El Señor no nos ha ordenado, invirtiendo tiempo y energía en
cosas que, si bien no son malas en sí mismas, nos desvían de los planes y
propósito que Dios tiene para nosotros.
Nuestras palabras son uno
de esos recursos que se nos ha confiado y por ende también deben ser
administradas con sabiduría. Son un medio para proclamar el nombre del Señor y
transmitir Su mensaje de Salvación, así como para edificar la vida de los
demás. Para eso debemos estar alineados con el carácter y la voluntad de Dios
para nuestras vidas, dirigidos por el Espíritu Santo que habita en nuestro
corazón.
Adicionalmente, el
administrador no teme la escasez porque su fuente no es su propia capacidad o
los recursos, sino Aquel que es poderoso para proveer abundantemente. Él es el
centro de nuestra seguridad. Administrar todo para la gloria de Dios es un acto
de fe, confianza y adoración.
Como fieles
administradores de Dios, debemos cada día morir a nuestro deseos egoístas y
seguirle, poniendo toda nuestra energía y recursos a Su disposición con gozo y
gratitud, como una forma de honrarle y adorarle. El Señor nos llama a
ofrecernos como un sacrificio vivo, así que como administradores debemos ser
entregados a Él, tal como El Señor Jesús se entregó sin reservas por la
humanidad, asimismo, nosotros debemos entregarnos por el bien de nuestro
prójimo.
Nuestra cultura es
egoísta y corrupta. Hay un dicho popular que dice: “El amor y el interés
fueron al campo un día, más pudo el interés que el amor que le tenía” y lo
vemos muy a diario, el interés personal siempre está por encima de todo. Si
Cristo hubiese actuado de la misma forma seguiríamos muertos en nuestros
delitos y pecados.
Esta no es la cultura a
la que debemos amoldarnos, estamos tan impregnada de ella que debemos renovar y
reeducar nuestra mente en El Señor cada día y disponer nuestro corazón y
recursos al Señor.
Jesús es el
modelo perfecto de cómo debe ser el corazón de un administrador. Él administró:
Su tiempo: siempre en la voluntad del Padre,
Su energía: sirviendo a los demás,
Sus palabras: dando vida, y
Su propia
vida: entregándose por nosotros.
Que nuestra meta diaria
sea esta: que cuando el Dueño de la casa vuelva, nos encuentre gestionando Su
gracia con manos diligentes y un corazón transformado.


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