El propósito de la instrucción

 


La historia del ser humano comienza con las instrucciones de Dios.

 

Las instrucciones de Dios colocaban al primer ser humano dentro de su contexto inmediato, le daban referencias sobre cómo vivir dentro del huerto, con responsabilidades, cuidar el huerto y colocar nombre a los animales (Génesis 1:15;19), privilegios, disfrutar del huerto y de su compañera (Génesis 1:16; 22-24) y restricciones, no comer del árbol que Dios le mandó. (Génesis 1:17).

 

Obedecer las instrucciones dadas les permitía a los primeros habitantes del planeta disfrutar de todo lo creado por Dios y les garantizaba su compañía, así como el acceso a la fuente de su sabiduría. Estas instrucciones proporcionaban al hombre y a la mujer un marco de interpretación para orientar su propio pensamiento acerca del mundo en el que vivían.

 

Ellos podían comprender su realidad, reconocerse a sí mismos como seres iguales pero diferentes a la vez, a Dios como diferente y superior a ellos y reconocerse a sí mismos en relación con la creación, con Dios y entre ellos. Esta es la definición más sencilla de lo que llamamos conciencia. Por eso su transgresión a la restricción de Dios los avergonzó, les produjo culpa y cuando fueron confrontados con la verdad, ambos transfirieron su propia responsabilidad a otro.

 

La conciencia es parte del diseño de Dios para nosotros, funciona como una alarma que se enciende cuando infringimos las instrucciones de Dios. Todo ser humano que nace, posee una conciencia moral que crece a medida que la comprensión del mundo, aunque no sea bíblica, se amplifica. Cada niño en su más pura inocencia reconoce situaciones de desobediencia y vergüenza, incluso de justicia. Sin embargo, la conciencia puede ser endurecida, mientras la voluntad humana persista en la desobediencia, la conciencia deja de hacer sonar su alarma de manera que acciones repulsivas e inmorales sean interpretadas como normales y placenteras.

 

La instrucción de Dios sigue siendo necesaria.

 

Sin un marco de referencia, el ser humano se extravía y se desenfrena, para ello, la ley de Dios es de vital importancia. Esto lo vemos reflejado en Éxodo 20, donde Moisés recibe de la mano de Dios las tablas de la ley que contienen las instrucciones de Dios. Además de todos los propósitos de la ley para Israel como nación del Pacto, Dios otorga la ley como un freno para la desobediencia.

 

Las naciones con influencia judeocristiana han adoptado la base de esta ley para desarrollar sus propias leyes. Pero, incluso las sociedades sin este tipo de influencia se organizaban en torno a normas morales con el fin de ser obedecidas para disfrutar del bien común, como el conocido imperio Inca que resaltaba los valores “Ama Sua, Ama Llulla y Ama Quella” (No seas ladrón, mentiroso ni perezoso).

 

El problema no es de la ley, porque la ley de Dios es perfecta (Salmos 19:7-9), es el hombre quien transgrede repetidamente la instrucción, no debemos ir más lejos del Éxodo para verificarlo. Gracias a Dios, en Cristo tenemos la promesa viva de tener la ley escrita en nuestros corazones (Jeremías 31: 33), y por medio de Él, nos otorga el Espíritu Santo quien nos ayuda a obedecer dicha instrucción.

 

La instrucción divina no ha caducado, al contrario, con el nuevo pacto renovado en Cristo sigue estando hoy más vigente que nunca. Seguimos siendo dependientes de la instrucción y Dios sigue demandando de nosotros obediencia.

 

El propósito de la instrucción de Dios es ser obedecida.

 

El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Eclesiastés 12:13




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