El Dios que me ve

 


“Y el Señor dijo a Abram: «Vete de tu tierra, De entre tus parientes Y de la casa de tu padre,

A la tierra que Yo te mostraré.”.

Génesis 12:1 NBLA

 

Un gran ejemplo de obediencia en la Biblia fue Abraham, quien al mandato de Dios dejó su tierra, sus posesiones y trabajo, a sus parientes, el apego y su seguridad; también dejó la casa de su padre, su vínculo y costumbres. Su obediencia a Dios incluso lo llevó a atender la petición de ofrendar la vida de su hijo Isaac, el que cumpliría la promesa de tener una gran descendencia.

 

Las promesas de Dios fueron cumplidas en Abraham, porque creyó y obedeció de tal manera que su fe le fue reconocida como justicia (Génesis 15:6 NBLA), pero las promesas de Dios también se extienden a todo aquel que escucha Su voz y le obedece. En esta gran historia de obediencia hubo otra persona que, no siendo parte del pueblo elegido, también obedeció a Dios en medio de su aflicción: Agar, mujer egipcia y sierva de Sarai, la esposa de Abraham.

 

Sarai no creyó que Dios le daría un hijo a pesar de su edad. En medio de su desesperación, decidió hacer las cosas a su manera; es ahí donde Agar forma parte de esta historia, al ser entregada a Abraham para concebir un hijo. Cuando Agar se supo embarazada, su actitud cambió hacia su señora Sarai, mirándola con desprecio. Esta situación se volvió un caos, una competencia entre ambas. Agar despreciaba a Sarai por no concebir y Sarai trataba mal a Agar, aprovechando su autoridad.

 

Seguramente Agar, al ser maltratada, se sentía desesperada y angustiada. Tenía que proteger al hijo que llevaba en su vientre de alguna manera. Nadie a su alrededor la escuchó. La única salida que encontró fue huir al desierto y esperar la muerte, pero hubo alguien que vio su necesidad, el ángel del Señor, quien se le presentó en medio de su angustia y le dijo que también había promesa a través de su hijo, pero era necesario obedecer y regresar.

 

“«Vuelve a tu señora y sométete a su autoridad», le dijo el ángel del Señor.

El ángel del Señor añadió: «Multiplicaré de tal manera tu descendencia

que no se podrá contar por su multitud».”

Génesis 16:9-10 NBLA

 

Agar pudo rendirse, no creer al ángel del Señor y morir en el desierto, antes que regresar a seguir siendo objeto de los caprichos de Sarai. ¿Qué habrá pensado y sentido Agar cuando se le ordenó regresar? Posiblemente tuvo miedo, pero decidió obedecer y creer la promesa dada por el ángel del Señor. Además, fue capaz de ponerle un nombre a Dios porque reconoció que Él nos ve y se nos presenta.

 

“Agar llamó el nombre del Señor que le había hablado: «Tú eres un Dios que ve»; porque dijo: «¿Estoy todavía con vida después de ver a Dios?».”

Génesis 16:13 NBLA

 

Así como Agar, todos podemos pasar por situaciones difíciles que nos quitan el aliento, que incluso nos hacen pensar que la vida no tiene sentido, deseamos no seguir adelante y pensamos que Dios no nos ve más. La historia de Agar es ejemplo de que Dios tiene cuidado de nosotros en todo tiempo, nos ve, se acerca a nosotros y nos da promesas que se cumplen cuando obedecemos.

 

En medio de cada situación, en obediencia y seguridad, podemos decir:

Tú eres el Dios que me ve”.





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