Es muy interesante leer Colosenses. Una carta dirigida a una iglesia que había creído en Jesús como Señor y Salvador, que mostraba confianza y dependencia de Él, tanto así que Pablo alababa a Dios por eso, sin embargo, era una iglesia que estaba enfrentando presiones culturales que la tentaban a darle la espalda a Jesús, estaba siendo bombardeada con filosofías que ponían en riesgo su devoción al Señor.
Hoy
nuestra situación es muy parecida a la de ellos ¿No te parece? Pensemos en la
clase de herejías, razonamientos, filosofías y teorías que hoy inundan las
redes sociales y nuestras conversaciones diarias. Temas que van desde el
popular “descubre el poder que hay en ti”; hasta búsquedas de "códigos
espirituales" o fórmulas secretas de prosperidad. Temas que al final, no
son más que formas modernas de gnosticismo, ideas centradas en el
"yo".
Muchas
son las filosofías acerca del significado de la vida, del mundo o de Dios.
Enseñanzas que solo son inventos de un sistema caído y dominado por satanás,
que lo único que intenta es manipularnos, crear confusión y alejarnos de la
verdad que hay en Cristo. ¡Nuestro corazón se deja llevar muy fácil por esas
ideas que pueden parecer atractivas! Por eso debemos estar atentos a las
sutilezas con las que se presentan estas falsas enseñanzas.
“Esto
lo digo para que nadie los engañe con razonamientos persuasivos.
Miren
que nadie los haga cautivos por medio de su filosofía y vanas sutilezas,
según
la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo y
no según Cristo.”
Colosenses
2:4, 8 (NBLA)
La palabra de Dios es nuestro gran libro de
revelación, allí Dios nos da respuesta certera a todas las áreas de nuestra
vida y lo mejor
de todo, como Pablo lo dice, Dios mismo actúa poderosamente en nosotros (Colosenses
1:29). Tener a Cristo morando en nuestro corazón lo es todo, no necesitamos
nada más.
Lo mejor de todo es que recibimos a Cristo por
pura gracia y por fe, sin méritos ni estatus. El mismo Creador del universo
decidió hacer de nuestro corazón Su templo. Su presencia no es una emoción del
domingo. Saber que está en nosotros nos da la tranquilidad de que el futuro ya
está en Sus manos. Él en nosotros es la firmeza y la paz que nos sostiene en
todo momento.
Por eso Pablo con tanta seguridad nos insta a
seguir a Cristo, a arraigarnos profundamente en Él y edificar toda nuestra vida
sobre Él (Colosenses 2:7). La tierra donde nuestro corazón debe echar
raíces es en la Palabra de Dios y no en las filosofías huecas. Ella nos
otorga soporte y firmeza en nuestra fe y nos da lo necesario para la vida en
medio de este mundo caído.
Así que, nuestra vida con Dios no se sostiene
a punta de fuerza de voluntad ni de cumplir una lista de reglas como muchos
quieren hacernos creer. Se mantiene por la fe en Cristo y en dependencia
continua de Él.
Me acuerdo del día en que me bauticé. Al día
siguiente me tocó dar unas palabras en la congregación y recuerdo que dije: “confirmo
mi compromiso de morir al mundo y vivir para Cristo”. Y de eso se trata, de
expresar públicamente que en Jesús hemos sido sepultados para el mundo, que
nuestra vida pasada ya no nos define y que ya este sistema no nos gobierna
porque Cristo vive en nosotros, dándonos las fuerzas y el deseo de hacer lo
correcto.
Hoy, como en los días de la iglesia de
Colosas, el pensamiento gnóstico aparece cada vez que intentamos buscar fuera
de Cristo lo que solo encontramos en Él. Como bien dice el comentario de la Biblia del Diario
Vivir:
“...Esto
parece locura para el mundo, pero Cristo es nuestro poder, el único camino para
ser salvo. Conocer a Cristo personalmente es la sabiduría más grande que uno
puede tener.”
No hay nada que este mundo nos pueda ofrecer
que no encontremos en Jesús. ¡En Él lo tenemos todo, no nos dejemos engañar!


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