Al comenzar el libro de Éxodo, lo primero que se nos revela no es la grandeza de Moisés ni la fuerza del pueblo de Israel, sino el carácter soberano de Dios. Él gobierna la historia y mantiene Su control aun cuando las circunstancias parecen difíciles o injustas.
El
nacimiento de Moisés se dio en una época de dura opresión y crueldad para el
pueblo de Israel. Sin embargo, vemos cómo Dios, en Su soberanía, dispuso todo
para que Moisés fuera el libertador de Su pueblo. El Señor preservó su vida de
manera milagrosa.
Dios
cuidó cada detalle y se encargó de preparar el corazón de Moisés durante toda
su vida. Su madre biológica terminó amamantándolo, lo que permitió que Moisés
recibiera una educación espiritual como parte del pueblo de Dios. Más adelante,
al ser adoptado por la hija del faraón, recibió la educación necesaria para lo
que vendría después y posteriormente forjó su liderazgo en el desierto como
pastor de ovejas. Todo fue parte del tiempo perfecto de Dios para traer
liberación a Su pueblo. Esto nos recuerda que los tiempos de espera en El Señor
no son pérdida, sino preparación.
Cuando
Dios llama a Moisés, queda claro que el plan no depende de las capacidades
humanas.
“Pero Moisés dijo a Dios: «¿Quién soy yo para ir a Faraón, y sacar a
los israelitas de Egipto?».”
Éxodo 3:11 NBLA
Esa
suele ser también nuestra respuesta cuando El Señor nos llama. Nos enfocamos en
nuestras limitaciones y terminamos olvidando que no se trata de quiénes somos,
sino de quién es Dios. Él se revela como “YO SOY EL QUE SOY”, afirmando que Él
simplemente es y que no hay nadie igual a ÉL.
Pero la
historia no se trata solo de cómo Dios formó a Moisés, sino de cómo Dios estaba
orquestando la liberación de todo un pueblo oprimido. Israel representa también
nuestra vida hoy. Seguimos siendo pueblo de Dios y muchas veces experimentamos
situaciones que oprimen nuestro corazón y nos llenan de temor.
La
liberación de Israel no fue resultado de su propia fuerza, sino de la obra
poderosa del Señor. A través de las diez plagas, Dios exhibió Su poder ante
Egipto y comenzó a derribar los ídolos que había tanto en el corazón de los
egipcios como en el del pueblo de Israel. Cada plaga declaraba que solo El
Señor es Dios.
Dios anhela un corazón dispuesto para Él. En nuestra vida, Él
manifiesta Su poder, ordena nuestro caos y nos conduce a reconocer Su gloria.
A lo
largo de toda esta historia vemos un mismo llamado: obediencia. Moisés obedeció
al Señor. El pueblo de Israel obedeció la palabra que Dios les dio. Más
adelante, en Jericó, vemos nuevamente a un pueblo siguiendo una instrucción
divina poco convencional, pero que trajo victoria porque provenía de Dios.
El Señor
quiere traer libertad a nuestras vidas. Aunque el mundo llame “libertad” a
hacer lo que uno quiere, Egipto representa la esclavitud al pecado. Sin Cristo,
el ser humano vive oprimido. La verdadera libertad está en Dios. Su palabra
revela Su corazón y nos muestra cómo vivir la vida que Él nos ha dado por
gracia, respondiendo con obediencia.
La historia de la liberación de Israel es también nuestra historia. No
somos los protagonistas.
Dios lo es. Él oye nuestro clamor, ve nuestra debilidad y cumple Su
plan perfecto de redención.
Todo gira en torno a Él.


0 Comments