Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados. Isaías 53:5
Si leemos la Biblia de
principio a fin, veremos un sinfín de historias de personas que hicieron el
bien, pero no fueron perfectas. En algún momento se desviaron y las
consecuencias apuntaban al único perfecto, Jesús. El único que cambió la historia de la
humanidad y puede transformar las nuestras, porque en comparación a grandes
hombres que fallaron, en la Biblia, nosotras, no somos tan distintas:
“Todos
nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino;
mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Isaías 53:6”
El
pueblo de Dios desechó el reino del Señor. Ya no querían Su autoridad ni Su
cuidado, en cambio, prefirieron un rey de carne y hueso, para que los juzgara
(I Samuel 8:6-7). Sin embargo los reyes, erraron y algunos de ellos llevaron al
pueblo a grandes problemas, olvidando al Dios que los había librado de la
esclavitud.
Aún
el mismo rey David, siendo conforme al corazón de Dios falló muchas veces y, aún
con todo ello, la gracia del Señor se extendió en una promesa hacia él en 2
Samuel 7:16, donde le dice que su casa será afirmada y su reino para siempre, y será
estable eternamente. El rey David algún día murió, después de él vinieron otros
reyes, pero un día el tipo de gobierno cambió ¿Cómo es que esta promesa se
cumplió?
Esta promesa, apuntaba al
perfecto. A Cristo. El pueblo quería a alguien de carne y hueso:
“así que [Jesús] el cual, siendo en forma
de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino
que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los
hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz. (Filipenses 2:6-8)
El evangelio de Mateo, comienza afirmando el cumpliento de
esa promesa, mencionando a Jesucristo como Hijo de David, Hijo de Abraham
(Mateo 1:1) sin embargo, Él no solo fue declarado de la descendencia del
salmista, sino que tiene un título mucho mayor: Es Hijo de Dios (Romanos 1:3,4)
con poder, conforme al Espíritu de santidad.
Siendo Él el mismo Dios, quien
pudo desecharnos porque lo hemos despreciado, fue herido por nuestras
rebeliones; fue molido cuando nosotros somos quienes lo merecemos, y para que
tengamos paz, el castigo fue sobre Él.
Podemos criticar a muchos
protagonistas de las historias de la Biblia, pero la realidad es que el mal del
ser humano es el pecado, y no entregarnos enteramente al Señor. Quizá le
conocemos, quizá asistimos a una congregación cristiana, pero en nuestro diario
vivir, el corazón puede estar dividido. Así que pidamos al Padre examinar
nuestro corazón ¿Es Dios nuestra prioridad? ¿Qué áreas de nuestra vida tenemos
que confesar? ¿Hay cosas que nos impiden acercarnos completamente al Señor?
Recordemos la gracia de
Dios, que se extiende a nosotros. Él nos
busca y quiere cambiar nuestra historia. Él nos quiere apacentar con Su
justicia como el Buen Pastor; quiere sanar nuestras heridas (Ezequiel 34:16) y
sólo Él nos puede salvar. Es necesario entregarnos no parcialmente, sino
enteramente a Él. Podemos orar como el salmista:
Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en Tu verdad; unifica mi corazón para que tema Tu nombre. Te daré gracias, Señor mi Dios, con
todo mi corazón, y
glorificaré Tu nombre para siempre. Salmos 86:11,12 NBLA


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